Desde los primeros acordes, una sonrisa ilumina mi cara y un desfile de personajes bizarros inunda mi mente. Según mi madre, soy fácil para desenamorarme y cortar lazos. Mucho más que para empezar historias, afirma con asombro.
Lo que ella no sabe es que cada ruptura lleva un preámbulo de insomnio y procrastinación reflexiva que puede durar días o meses. En tres ocasiones me tomó años cerrar definitivamente. (Si el sexo es bueno, el cuerpo se niega a cooperar).
No sé si es don o maldición, pero cuando empiezo un amorío sé más o menos el tiempo que podría durar, así que lo vivo al cien por ciento, pero no me deprimo ante el parpadeo del fin.
…De pronto me vi / como un perro de nadie, ladrando a las puertas del cielo. / Me dejó un neceser con agravios, la miel en los labios / y escarcha en el pelo…
Siempre busco sacar el máximo de cada relación, no importa si hay peleas o insatisfacciones. Hasta que algo se rompe en silencio, más allá del dolor o la duda, y queda claro que seguir ahí significa no respirar decentemente.
Entonces suelto con naturalidad, sin reproches ni escenas grandilocuentes. Y como casi todas las relaciones transcurren en mi casa, me basta con recoger sus cheles y ponerlos en la puerta para que la intención sea diáfana e irreversible.
Tenían razón / mis amantes / en eso de que antes el malo era yo… / Con una excepción: / Esta vez / yo quería quererla querer y ella no…
No me considero intransigente en amor, pero tampoco estúpida. La gente da lo que tiene, a la vista o como potencial (mi especialidad es hacer florecer este último). Cuando la entrega deja de ser recíproca y se mira más hacia afuera que hacia el compromiso, es hora de dejar ir en buenos términos.
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En algunas ocasiones intenté aferrarme, pero luego me atrapé sacando cuentas mundanas y frené en seco: ¿retener a alguien por gratitud, por ego, por inversiones en casa o rutina? Nada de eso es amor maduro, y si un ancla no resiste tempestades es mejor cortarla y marcharse con la decencia intacta.
Así que se fue. / Me dejó el corazón en los huesos y yo de rodillas. / Desde el taxi, y haciendo un exceso, me tiró dos besos: uno por mejilla…
Claro que a veces una compañía cala hondo, o inviertes mucho en su progreso, o te acostumbras a su inconstancia y cuesta más remontar la soledad siguiente. Hasta puedes sufrir la maldición del cajón sin su ropa o caer en la perdición de los bares de copas… en especial si te das cuenta de que el desenlace fue provocado, para no asumir su culpabilidad.
Pasa sobre todo cuando tu corazón entienda que toca romper, pero tu piel hace resistencia. O tus razones se ven abrumadas por tu orgullo y renuncias a tu dignidad por una limosna de reconocimiento ajeno.
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Puede que grites: “¡Ya no más!” mientras rezas: “Haz que vuelva esta noche…”, y sin darte cuenta pasan lunas y soles arando un terreno baldío del que no tienes ni escritura. Y lo peor: nadie más que tú le ve sentido a ese desgaste.
Y eso que yo, / para no agobiar con flores a María / para no asediarla con mi antología / de sábanas frías y alcobas vacías, / para no comprarla con bisutería / ni ser el fantoche que va en romería / con la cofradía del santo reproche…
Por tanto, sí: se me da bien romper, sacudirme la tristeza y empezar el día siguiente lista para nuevas sorpresas. Lo que deba luchar, lo lucho mientras hay lazos y con todas las estrategias posibles. Lo que ya caducó lo reciclo sin miedo.
Dijo: “hola y adiós” / y el portazo sonó como un signo de interrogación. / Sospecho que así / se vengaba, a través del olvido / Cupido de mí.
Luego del cierre rara vez recaigo, y si lo hago es por sexo, sin segundas intenciones. Por eso entiendo a Sabina y su metáfora de las tantas noches para sacar del sistema a quien tanto te aportó entre sábanas. Así no juego con sentimientos propios ni deseos ajenos: tras el suspiro, el cierre, y sólo mientras no exista alguien más anidando en mis entrañas.
No, no pido perdón / (No pido perdón). / ¿Para qué? Si me va a perdonar / porque ya no le importa… / Siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga / y la falda muy corta…
¿Qué eso es ser insolente? ¡Qué importa! Cuando amo no tengo reservas. Cuando rompo no guardo nada para mí, excepto la experiencia y algún que otro fetiche oloroso para conciliar el sueño mientras no llegue alguien a exorcizar mi almohada.
Más tarde, con el pasar del tiempo, atesoro esos encuentros casuales que terminan en diálogo nostálgico y una confesión que suele confirmarme en mi modo de querer: “Tú fuiste la mujer más importante de mi vida. Eres inolvidable. Te agradezco por hacerme ver quién soy”.
¿Qué mejor cierre para archivar historias? Y si es vanidad, pues que lo sea. Yo lo disfruto en paz mientras resulte auténtica la mirada de quien lo dice.
/ Tanto la quería, / que tardé en aprender a olvidarla, diecinueve días… y quinientas noches.

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