Los kimonos cubanos terminaron en Bakú con arrugas profundas.
Permítanme una aclaración: utilizo kimono por ser una palabra familiar para los lectores. El nombre correcto del uniforme de los judocas es judogi, pero hoy nos interesa más lo ocurrido dentro de esa vestimenta que cualquier precisión del diccionario.
Porque el Campeonato Mundial, concluido el 11 de octubre en la capital de Azerbaiyán, dejó una imagen difícil de disimular.
Cuba se marchó sin medallas. Apenas dos victorias en trece combates, contando las pruebas individuales y la competencia por equipos mixtos.
No es una simple arruga. Es una señal de alarma.
Cuando el tatami hablaba cubano
Hubo tiempos en que enfrentarse a un judoca de nuestro país exigía algo más que buenos músculos y una técnica depurada.
Había una escuela, una tradición, una confianza construida durante décadas.
Los números todavía hablan: 80 medallas mundiales, incluidas 19 de oro, y un sexto lugar histórico que muchos países desearían.
Aparecen en esa memoria campeones inolvidables. Y, entre ellos, una mujer que convirtió la perseverancia en arte: Idalys Ortiz. Cuatro medallas olímpicas. Ocho mundiales.
Desde luego, ningún deporte puede vivir eternamente de sus leyendas. Pero tampoco conviene contemplar cómo se deteriora una tradición sin preguntarse qué estamos haciendo para conservarla.
París 2024 nos dejó una advertencia: por primera vez desde Montreal 1976, en las ediciones olímpicas con presencia cubana, el judo regresó sin medallas.
Después llegó el mundial Budapest 2025. Ahora, Bakú 2026. Antes de todo ello Doha 2022.
Tres Mundiales consecutivos, y unos Juegos Olímpicos, sin subir al podio.
Dos victorias entre tantas sombras
Iván Silva consiguió los únicos dos triunfos de Cuba (en la porfía individual). Compitió en los 100 kilogramos y avanzó hasta encontrarse con el japonés Dota Arai, quien terminaría conquistando la plata.
El resto de la delegación no pudo ganar un combate (ni individual ni en el por equipos)
Sí, es que el último capítulo, frente a Turquía en la modalidad por equipos mixtos, concluyó con un 4-0 que dejó muy poco espacio para interpretaciones optimistas.
Faltaron dos nombres de enorme peso: Idalys Ortiz, retirada de la competición, y Andy Granda, campeón mundial en 2022, afectado por una lesión.
Sin embargo, sería demasiado cómodo atribuir el balance a esas ausencias.
Una potencia deportiva necesita relevos, continuidad, competencias y recursos. Sobre todo, necesita que sus talentos lleguen preparados para enfrentarse a rivales que no conceden ventajas.
Las arrugas no nacieron en Bakú
El problema comienza mucho antes de pisar el tatami.
Según explicó desde Azerbaiyán el colega Joel García, nuestros representantes afrontaron limitaciones en el fogueo internacional, dificultades técnicas y una llegada a la sede apenas 24 horas antes de competir. A ello se sumaron los apagones y problemas de alimentación y transporte durante la preparación. No son detalles menores.
¿Cómo aspirar a competir de igual a igual cuando la preparación es desigual?
Tampoco sería justo convertir cada dificultad en una explicación absoluta. Hay aspectos técnicos, decisiones deportivas y responsabilidades que merecen un examen profundo.
Porque reconocer las carencias no significa renunciar a la exigencia. Y exigir no equivale a desconocer el sacrificio de quienes entrenan y compiten en circunstancias adversas.
El judo mundial continúa avanzando. Japón encabezó el medallero individual en Bakú con siete títulos. Georgia y otros países mantienen programas capaces de formar y renovar sus figuras.
Nosotros necesitamos recuperar terreno. No con discursos triunfalistas. Con trabajo, planificación, análisis y oportunidades reales de competir.
Una plancha para el futuro
Sería injusto olvidar todo lo que el judo cubano ha entregado al deporte nacional. Pero también sería peligroso refugiarse en esos recuerdos mientras los resultados se alejan.
Las medallas del pasado merecen respeto. Las del futuro necesitan condiciones para conquistarlas.
Y aquí volvemos al principio: Hay que planchar esos kimonos arrugados. Y, a tono con la situación electroenergética y económica del país, habrá que encontrar la manera de hacerlo con paneles solares.
Porque esperar a que regrese la corriente puede resultar demasiado tarde.

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