Más que las golosinas que no se comerán, que el juguete nuevo que les quedará fuera del alcance, o el cumpleaños grande que tendrá que aplazarse, me preocupa el desamor que puedan sentir nuestros niños.
Porque pasados los años uno puede comprarse las cosas ricas que en la infancia no hubo, y darse caprichos y hacerse fiestas propias, pero el cariño que no se recibió no hay manera de reinventarlo, queda como un hueco enorme en el pasado, como una carencia que se reproduce justamente en menos amor de ahí en adelante.
Claro que hay quien se sobrepone a la soledad de la infancia, al golpe y a la indiferencia (que es otra forma de violentar), pero qué difícil es –a juzgar por los testimonios de quienes lo han vivido– cerrar esa herida, aprender a quererse y a querer cuando no te quisieron lo suficiente.
Me preocupa porque no se me quita de la mente la voz cortante de esa madre en el primer día de escuela de su hijo, mientras la directora hablaba: “Ay, dejen ya la baba, que uno no está pa’ esto”. Nada de emoción, nada de alegría, y su hijito allí como una molestia en medio del día.
También me lastima la pupila el empujón de esa otra mujer ante el intento de abrazo del niño con una condición especial junto a quien caminaba. “Échate pa’ allá”, pude leer en el gesto, como pude leer la tristeza de un niño tan ¿acostumbrado? a la rudeza, que ni siquiera se quejó en voz alta.
A mi alrededor, en el barrio, veo crecer niños en cuyos padres jamás he sorprendido el abrazo, o el beso, el juego cariñoso y mucho menos un “te amo”. Porque los visten y calzan, y los llaman para comer, quizá en sus casas creen que hacen un buen trabajo, pero la mirada de sus hijos es muy diferente de la de otros niños que saben lo que es ser amados con todos los gestos y todas las letras.
De nada vale el “por mi hijo daría la vida”, si poco hay de amor expresado en el día a día. Lo más probable es que jamás llegue la ocasión en la que tengan que cambiar su vida por la del niño o la niña; y, mientras, esa misma vida irá pasando inexorablemente, con frialdad.
Ni el precio del aceite, ni el agua que no llega, ni la falta de corriente, ni el no tener “plato fuerte” justifica depositar en la niñez nada de belleza y sí toda la amargura. Tampoco tener todas las necesidades materiales cubiertas aseguraría el amor.
Los niños deben aprender del cariño incondicional, el de contigo pan y cebolla, el de hagámoslo juntos, y también el de “lo siento”. Merecen saber que son lo más importante en la vida de alguien, que se les ama como son, que detrás suyo hay sostén e impulso, que no deben temer.
Creo que no hay nada más peligroso que dar por sobreentendido el amor, pensar que el hecho biológico de dar una vida nos asegura la salud del vínculo y su indestructibilidad
¿Cómo enseñar a amar si no es amando? Muchos de quienes somos padres en Cuba hoy, vivimos la niñez en el Periodo Especial. Y, sin embargo, me puedo contar entre quienes recordamos hasta con nostalgia aquellos años de hacer sombras en la pared cuando no había corriente, de cantar desafinado y dormir en el portal.
Podemos recordar la primera vez que probamos un sorbeto (porque no sabíamos lo que eran las chucherías), y también cuando al fin logramos tener una barbie, quizá cuando ya estábamos demasiado grandes; pero son recuerdos donde no hay espacio para la tristeza. No es que nuestros padres fueran magos, es que protegieron las infancias que estaban a su cargo.
Lamentablemente, ahora nos toca repetir esa hazaña. Y si en medio del caos algo salva, es dar amor.

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