El mejor día de su vida empezó a oscuras. Hace rato que nuestros días empiezan a oscuras. No más abrir los ojos pensé en cuántas horas más podía aguantar la comida que teníamos en el refrigerador. Aún sin despegar los labios llegué a la conclusión de que no mucho.
Mientras me cepillaba los dientes, mi esposo me alertó de que no quedaba apenas efectivo para el pan, y nos miramos desolados. «Hace falta comprar plátano», le dije. Pero revisamos los teléfonos y ninguno de los dos tenía cobertura: cancelada la opción de transferencia.
Primero se levantó su hermana y luego él, directo a la mesa del desayuno. Después de terminado el pan, pidió otro. Mi esposo y yo nos miramos, y al unísono contestamos: "claro, pipo". Todavía con el pan en la mano se fue a jugar.
Yo botaba los chícharos del día anterior porque ya olían mal, cuando me preguntó si podía ver una película de muñes en la laptop, y despidiéndome de la posibilidad de adelantar algo de trabajo, les puse Coco, el dragón.
Después de mil peripecias para autenticarnos y una discusión con el dependiente del agro negado a aceptar transferencias, logramos abastecernos. Cuando mi hijo vio las tajadas de mango en la fuente se le abrieron los ojos como monedas de tres pesos: ¡qué ricooooo!
Por la tarde, luego de que terminaran las poquitas horas de corriente eléctrica volví a sentir el dolorcito en el pecho que a cada rato me da. Es angustia, yo lo sé, y estrés. A mi esposo también le han zumbado los oídos y tuvo que irse a medir la presión. Estaba bien. “Trate de tomarse las cosas con calma”, le aconsejó la doctora. Es un asunto muy serio, pero nos dio mucha gracia el consejo.
Quise sentarme a escribir, pero no me salían las ideas. La incertidumbre es medio paralizante. Decidí dejar el trabajo pendiente para el lunes y me senté a colorear con ellos. Después dibujamos. Mis dibujos los hacen reír porque soy “buenísima” dibujante.
Casi los iba a bañar cuando empezó el diluvio. Y mi esposo tuvo la idea de que se bañaran en el aguacero. Yo oía sus carcajadas desde el patio y me dije "por qué no". Cuando me vieron debajo del agua como ellos redoblaron la gritería y la locura.
Más tarde comimos en la penumbra, todavía con la sonrisa de la lluvia y los pelos mojados. Antes de irnos a acostar, los grandes quedamos en que si en la madrugada venía la "luz" nos levantaríamos a poner la lavadora y a planchar. A esa hora me acordé de las progenitoras de Trump y de Marco Rubio, no sé por qué si yo entiendo que sus mamacitas no tienen culpa de nada; pero bueno, es un insulto muy socorrido.
Abrimos puerta y ventana, y aunque el agua había dejado el aire fresco no corría ni una brisa platanera. “Tengo calor”, me dijo él. Yo le pedí que se quedara quietecito. Les leí Cenicienta y luego un capítulo de El principito.
Cuando los vi dormidos, cerré el libro. Me levanté a acomodarlos y a darles un besito. Y fue entonces cuando mi hijo me susurró, sin abrir los ojos: "mami, hoy fue el mejor día de mi vida".
Yo no pude contestarle, la garganta se me cerró. Pero me fui a dormir un poquito más aliviada.
- Consulte además: Lo que quiero yo, madre cubana

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