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sábado, 13 de junio de 2026

El mejor día de mi vida

¿Cómo hacer la crónica de estos tiempos? Quizá el único alivio sea saber que nuestros niños miran la vida con otros ojos, ajenos al sacrificio...

Yeilén Delgado Calvo
en Exclusivo 13/06/2026
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Matrioska
Todavía con la sonrisa de la lluvia y los pelos mojados Foto: Desmond Boylan

El mejor día de su vida empezó a oscuras. Hace rato que nuestros días empiezan a oscuras. No más abrir los ojos pensé en cuántas horas más podía aguantar la comida que teníamos en el refrigerador. Aún sin despegar los labios llegué a la conclusión de que no mucho.

Mientras me cepillaba los dientes, mi esposo me alertó de que no quedaba apenas efectivo para el pan, y nos miramos desolados. «Hace falta comprar plátano», le dije. Pero revisamos los teléfonos y ninguno de los dos tenía cobertura: cancelada la opción de transferencia.

Primero se levantó su hermana y luego él, directo a la mesa del desayuno. Después de terminado el pan, pidió otro. Mi esposo y yo nos miramos, y al unísono contestamos: "claro, pipo". Todavía con el pan en la mano se fue a jugar.

Yo botaba los chícharos del día anterior porque ya olían mal, cuando me preguntó si podía ver una película de muñes en la laptop, y despidiéndome de la posibilidad de adelantar algo de trabajo, les puse Coco, el dragón.

Después de mil peripecias para autenticarnos y una discusión con el dependiente del agro negado a aceptar transferencias, logramos abastecernos. Cuando mi hijo vio las tajadas de mango en la fuente se le abrieron los ojos como monedas de tres pesos: ¡qué ricooooo!

Por la tarde, luego de que terminaran las poquitas horas de corriente eléctrica volví a sentir el dolorcito en el pecho que a cada rato me da. Es angustia, yo lo sé, y estrés. A mi esposo también le han zumbado los oídos y tuvo que irse a medir la presión. Estaba bien. “Trate de tomarse las cosas con calma”, le aconsejó la doctora. Es un asunto muy serio, pero nos dio mucha gracia el consejo.

Quise sentarme a escribir, pero no me salían las ideas. La incertidumbre es medio paralizante. Decidí dejar el trabajo pendiente para el lunes y me senté a colorear con ellos. Después dibujamos. Mis dibujos los hacen reír porque soy “buenísima” dibujante.

Casi los iba a bañar cuando empezó el diluvio. Y mi esposo tuvo la idea de que se bañaran en el aguacero. Yo oía sus carcajadas desde el patio y me dije "por qué no". Cuando me vieron debajo del agua como ellos redoblaron la gritería y la locura.

Más tarde comimos en la penumbra, todavía con la sonrisa de la lluvia y los pelos mojados. Antes de irnos a acostar, los grandes quedamos en que si en la madrugada venía la "luz" nos levantaríamos a poner la lavadora y a planchar. A esa hora me acordé de las progenitoras de Trump y de Marco Rubio, no sé por qué si yo entiendo que sus mamacitas no tienen culpa de nada; pero bueno, es un insulto muy socorrido.

Abrimos puerta y ventana, y aunque el agua había dejado el aire fresco no corría ni una brisa platanera. “Tengo calor”, me dijo él. Yo le pedí que se quedara quietecito. Les leí Cenicienta y luego un capítulo de El principito.

Cuando los vi dormidos, cerré el libro. Me levanté a acomodarlos y a darles un besito. Y fue entonces cuando mi hijo me susurró, sin abrir los ojos:  "mami, hoy fue el mejor día de mi vida".

Yo no pude contestarle, la garganta se me cerró. Pero me fui a dormir un poquito más aliviada.


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Yeilén Delgado Calvo

Periodista, escritora, lectora. Madre de Amalia y Abel, convencida de que la crianza es un camino hermoso y áspero, todo a la vez.


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