Este 9 de junio Dávila celebra 18 años. No puedo decir desde cuándo decidió intercambiar cifras durante el primer lustro de cada década, pero eso le divierte y yo le sigo la rima. No hay más detrás, porque coqueta es ni se arrepiente de una vida cargada de aventuras, desafíos y logros.
Tal vez lo único que le pesa en el alma es no ver a todos sus seres queridos envejecer a su lado (o sea, malcriados a gusto), un faltante bastante común en las familias modernas por el peso de la migración, agravado en la nuestra con tres muertes prematuras dificiles de sobrellevar.
En tales circunstancias, sobre mis hombros cae en exclusivo el reto de un cuidado disfrazado de acompañamiento (es muy orgullosa e independiente todavía), lo cual puede parecer sencillo, pero no lo es, porque esta señora de pelo siempre revuelto y mente aún avispada es fanática a velar por otros, ya sean perros, gatos, arañas, vecinas o la nuera distante, siempre a costa de su propia salud, física y mental.
No es un caso aislado, lo sé: esta generación que despuntó su adolescencia en los albores de la Revolución salió pronto de la falda materna, se hizo fuerte entre tareas y estudios, aprendió a usar voz e ideas de manera muy creativa y además vivió la impresionante libertad sexual posterior a los años 60 del siglo pasado, así que ¡a recogerse con su senectud!
Además, tecnológicamente han vivido más evoluciones que ninguna otra camada anterior o posterior y manejan con destreza cualquier tareco de cuerdas, botones o táctil. ¿Quién puede hacerle un cuento a una mujer que programó en las grandes máquinas de tarjetas perforadas y hoy usa una laptop para ver series chinas o buscar remedios? ¿Y qué decir de las que lavaron a palos en un río y ahora sueltan los trapos en una automática, o cocinaron con píquer y hoy exigen la freidora de aire para ahorrar aceite y estirar el carbón?
Cuidar a mi vieja no es pan comido, y lo digo con pánico y vanidad mezclado a partes casi iguales. Mi suegra es parecida y así fueron las tías de Jojo (por no hablar de nuestros padres varones, también de anjá hasta cerrar los ojos), pero con Dávila la historia se complica porque este palillito con ojos no tiene límites cuando se trata de proteger a sus mascotas, al punto de trepar a un árbol detrás de un felino ajeno o quitarse hasta el último bocado ante la mirada suplicante de su también envejecida pastora.
Maya es experta en hacer chantaje emocional a la dueña (y ella a mí, que de alguien lo aprendió), pero no es el único defecto que comparten. Ambas tienen la crispante manía de gritar/ladrar por cualquier nadería y llamar quedito cuando la cosa es seria, así que al resto de los mortales nos toca sobresaltarnos con sus chillidos unas 50 veces al día y correr con un botiquín si usan sonidos neutros. Como para no aburrirse en casa, ¿verdad?
Tengo una amiga avileña que sabe bien de lo que hablo porque su madre llegó a un nivel superior en la demanda de cuidados y ya la tiene al tope: o trabaja para mantenerse ambas o deja su empleo para estar pendiente de las ocurrencias (como guardar comida en el colchón, vaciar la balita de gas, abrir la puerta a extraños…), y en ese caso, ¿de qué viven las dos?
Yo al menos trabajo desde casa y cuento con el apoyo de Jorge en lo económico y en las tareas cotidianas, pero muchísimas mujeres (y hombres) enfrentan en solitario tan estresante dilema: ¿cuidar o trabajar, aún después de la jubilación?
Esa es la cara más palpable del cacareado envejecimiento poblacional, del que nuestros demógrafos sacan bandera roja hace medio siglo. Y sí, hay políticas y leyes que muestran el camino, pero una cosa es la intención y otra la realidad palpable y funcional.
Cuidar a los viejos de hoy no es como cuidar a nuestros abuelos o los padres de estos: su vitalidad, su experiencia de vida, sus proyectos personales difieren muchísimo, y las condiciones familiares y comunitarias también. ¡Ojo con eso!
A la inquieta de casa, cada día le advierto que ella puede darse por servida porque me tiene a mí para velar por su integridad y hacerle gelatina o merenguitos (es tan descarada que no aprende a hacerlos por sí misma); pero a cambio tiene que cuidar mi paz mental, porque mi vejez será más solitaria que la suya, así que necesito (y merezco) llegar con salud para disfrutarla.
¿Qué si lo entiende? ¡Claro! Y está totalmente de acuerdo en protegerme con todo el amor incondicional de una madre Pero ahora mismo está en el techo tratando de alcanzar los mangos que cayeron en el alero vecino, y si no suelto el teclado de inmediato la recogeré en el pasillo echa compota. Y a la gata con ella, para no variar.

Términos y condiciones
Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.