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martes, 30 de junio de 2026

Amor virtual puede ser amor

En las redes hay riesgos, pero también oportunidades. Conocerse primero de alma es una de ellas...

Mileyda Menéndez Dávila
en Exclusivo 30/06/2026
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Amor virtual puede ser amor
Donde hay sentimientos no hay fantasmas. Donde hay autoestima no habrá errores irreversibles. (Jorge Sánchez Armas / Cubahora)

¿Crees en el amor virtual? La chiquilla suelta la pregunta a viva voz, y sin esperar mi respuesta se apresura a desgranar su historia en claro gesto de quien busca validación. Mientras sus ojos se aferran a los míos, las manos no cesan de girar frente a su pecho, una contra la otra, intentando dar énfasis a su nerviosa confesión.

La madre escucha con disgusto. Pronto el monólogo de la adolescente se vuelve contrapunteo generacional, basado en la evidencia de tantos casos con pésimo final: jóvenes conocidas y desgracias que la propia web hizo famosas. Habla con una pasión cargada de argumentos, algunos demasiado elaborados para sus 14 años. Además, sus palabras suenan harto conocidas de tanto verlas en las redes… Mala señal.

¡¿Crees o no crees?! Ante la interrupción de la adulta, la menor me desafía abiertamente para esgrimir mis palabras como “criterio experto”. Su madre me usó tantas veces para educarla, ¿por qué ella no se aprovecharía del fortuito encuentro callejero para respaldar su amorío moderno?

Me compadezco y sonrío. Ambas tienen razón en parte y ambas actúan a la desesperada, pero buscan convencer y no imponer, lo cual significa que la nena ya tiene bastante respeto maternal a su favor. ¡Qué tierna escena!

¿Amor virtual? ¡Claro que creo! Mi relación con Jojo empezó por correo electrónico y este octubre llegará a diez años. Antes hubo dos romances: lectores de mi página en Juventud Rebelde que me cautivaron con sus mensajes…

¿Cómo no creer? Tres casos a lo largo de una década en los que el sentimiento creció sin mediar imágenes y las almas se encontraron sin disfraz. Solo con mensajes de texto transmitimos sinceramente nuestros valores, sueños, temores, vivencias pasadas, defectos, desilusiones, límites…

El primero era estudiante de Psicología, 13 años menor que yo. Tras varias semanas de intenso intercambio nos conocimos en persona y tuvimos algo especial, aunque cesó por falta de equidad en el tratamiento, la admiración mutua era real.  

El segundo era un abogado madrileño, 23 años mayor. No logró su plan de sorprenderme con su visita, pero mientras nos comunicamos fue una relación exclusiva y lo mantuve al tanto de mi vida al detalle. Dos días sin escribirnos era una eternidad. En el cortejo me envió mis libros favoritos impresos y sencillas prendas de significado místico; incluso me ayudó económicamente para que terminara el techo de mi cocina. Moría de vergüenza, pero lo acepté.

Lo importante era la libertad para expresarnos con picardía, ternura y respeto. Fueron tres años de reciprocidad sincera; dejamos de escribirnos cuando él enfermó y sus hijas cortaron el vínculo. Yo inicié una relación presencial y respeté su silencio, pero aún llevo su anillo cada día y tengo su foto en un lugar destacado de la casa.

¿Y por qué ellos tres, de los centenares que me contactaron con intenciones personales? Si me pongo profunda diría que fue el karma, pero lo que me enganchó fue el sentido del humor y la capacidad de hilvanar un diálogo auténtico: redacción amena, buena ortografía, ideas claras, honestidad sobre sus realidades, respeto a mi talento, uso de metáforas y reflexiones para evaluar el decursar de la vida… Me enamoraba, pero no dejaba de evaluar cada avance con cuidado.

Mi exalumna diría que yo soy una adulta experimentada y con estudios sobre personalidad, a diferencia de su hija inmadura. En realidad, mis devaneos virtuales empezaron con la misma edad e inexperiencia de su beba, a través del correo postal. Fue mucho antes de que internet se gestara y siempre tuve tino para mantener a la gente en su sitio y decantar lo sincero de lo inmundo, gracias a la guía de mi madre y a una cultura ganada con lecturas y escucha de mis mayores.

Con los amoríos a distancia, el éxito para conjurar riesgos no está en el soporte, sino en la capacidad de “leer” a las personas. Quienes tienen malas intenciones no escriben desde el alma, sus narraciones no son coherentes y terminan cayendo en clichés que se pueden identificar: las llamadas red flag o banderas rojas. Ni siquiera la inteligencia artificial es infalible en esos engaños, y hasta puede usarse para verificar contactos.

El amor virtual ha existido siempre, con ventajas y peligros. Lo que funciona no es prohibir, sino entrenar para un buen discernimiento y ser su confidente en lugar de censora.

Al final, abracé a madre e hija y felicité su dinámica. ¿Para qué temer? Donde hay sentimientos no hay fantasmas. Donde hay autoestima no habrá errores irreversibles. Basta con recargar su sentido común antes que su móvil, y disfrutar cómo crece ante sus ojos como una chica capaz de cuidar de su propio corazón.


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Mileyda Menéndez Dávila

Fiel defensora del sexo con sentido...


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