Era el 24 de febrero de 1895, la patria llameante anunciaba un grito, uno entre tantos simultáneos que ocurrieron en varias localidades del país. Era un sentimiento alimentado en décadas de lucha independentista; era una verdad sustentada en el sacrificio y honor de los patriotas cubanos que no abandonaron nunca el espíritu redentor que los movió a alzarse en armas aquel 10 de octubre de 1868, luego cuando tuvo lugar la Guerra Chiquita y lo hacían entonces, en esa jornada de carnaval, después de haber vivido uno de los momentos más traumáticos de la historia de lucha por la independencia de Cuba: el fracaso de Fernandina. Ese mismo espíritu que hace a los cubanos resistir con altura ética y alto grado de heroicidad en medio de circunstancias tan hostiles y adversas como las que vivimos hoy ante la despiadada política genocida del gobierno de los Estados Unidos que no repara en su intento fracasado de asfixiarnos y rendirnos por hambre, desesperación, situación de crisis en todos los órdenes de la vida de la nación cubana.
Aquel 24 de febrero fue místico (así ha sido esta fecha en momentos definitorios de nuestra historia, después de esta alumbrada gloriosa conocida como Grito de Baire o también el reinicio de las luchas por la libertad de Cuba); es un día de consagración. Instante de expresión genuina de la unidad de los patriotas cubanos, de los revolucionarios cubanos, de la continuidad histórica de la Revolución. Una sola Revolución, sin rupturas, sin fraccionamientos de fondo, sin divisiones irreconciliables. Una Revolución que, marcada por etapas, ha preservado sus esencias, ha mantenido enlazados sus diversos componentes, ha vivido lo que un proceso que nace, crece (no exenta de contradicciones), y aunque puede perecer si no somos capaces de cuidarla, defenderla, oxigenarla, asegurar sus bases, amarla y dar por ella hasta la propia vida; perdura y ondea hermosa y llena de júbilo, entusiasmo y convicción. Ello hace parte del misterio de Cuba: la Revolución continua, única y ascendente; por el bien de todos los cubanos, por la ferviente pasión por Cuba.
Se cumplen 131 años de la luminosa fecha y es preciso volver a sus esencias en esta hora de definiciones, de reafirmación de un ideario basado en doctrinas, principios y valores que hacen de Cuba una permanente motivación para salir al combate dispuestos a dar la vida, a derramar la sangre redentora, a fundar en el camino de la emancipación la patria que ha de reflejar el espíritu público que habita en cada uno de sus hijos, en cada ciudadano de la República. Hacer el bien en la porción de humanidad que vemos más de cerca se articula con lo que pudiéramos llamar el espíritu patriótico, que no es más que una revolución decorosa, digna y reflexiva. Como expresó el Apóstol de la Independencia: “Esta no es solo la revolución de la cólera. Es la revolución de la reflexión” [1] habría cólera sí, y necesaria por la sangre ardiente y el corazón como rayo que presidía lo que ha de llamarse la pasión revolucionaria; pero también pensada desde el conocimiento de las lecciones históricas, el análisis minucioso de la convulsa realidad y la cosmovisión de un hombre veedor profundo y guía espiritual como Martí, principal organizador de la contienda de 1895, generosa y breve como él la quería, como él anhelaba.
Por eso los acontecimientos previos al estallido independentista; desde los discursos fundacionales Con todos, y para el bien de todos y Los Pinos Nuevos, pronunciados por Martí el 26 y 27 de noviembre de 1891 en Tampa, respectivamente, hasta la proclamación del Partido Revolucionario Cubano el 10 de abril de 1892; momentos claves en la preparación y organización de la nueva etapa de lucha. Era imprescindible dar continuidad a la revolución sobre bases sólidas, no bastaba el ideal romántico de la libertad, ésta se fraguaría atendiendo a un ejercicio de pensamiento y profundo análisis de los errores cometidos en las gestas precedentes para de ahí establecer los presupuestos en virtud de los cuales se sustentaría la revolución.
Una plataforma ideológica demandaba la misma, una organización política devino reclamo natural, una praxis revolucionaria la consagraría. Ese era el Partido Revolucionario Cubano: el alma de la Revolución y además el deber de Cuba en América. El único partido capaz de resolver el problema de Cuba: la independencia, y una vez alcanzada, fundar una República con todos los hombres y mujeres dignos, con todos los cubanos que hicieran suya y cumplieran con la ley primera de la República: el culto a la dignidad plena del ser humano. Nótese que para Martí derechos políticos y su ejercicio republicano existirían para todos, sin discriminación, sin exclusión manifiesta.
El todos de Martí parte de lo general pero luego particulariza en aquellos cubanos que realmente son patriotas, que hacen por el colectivo, por la res publicae (cosa de todos), que piensan por sí, trabajan con sus propias manos y su carácter es entero desde el ejercicio íntegro de sí y el respeto al ejercicio íntegro de los demás, como honor de familia. Los cubanos dignos: fueran negros o blancos, instruidos o analfabetos, ricos o pobres, mujeres u hombres, cubanos residentes en Cuba o en el exterior (importancia medular a la migración patriótica cubana). No hay exclusión en la tesis martiana. Pero sí hay quienes se autoexcluyen y esos son los que no quieren a su patria, los que prefieren entregarla al dominio extranjero, los que eligen seguir viviendo bajo el yugo colonial. Los vendepatrias, anexionistas, egoístas; esos y otros que son como de una especie curial sin cultura ni creación como expresó Martí a su amigo Manuel Mercado en su carta inconclusa del 18 de mayo de 1895 refiriéndose a seres de alma baja; esos se autoexcluyen, no son capaces de hacer por todos, solo piensan en sí mismos, no son patriotas.
Era medular lograr la unidad de los cubanos, ¡de todos los cubanos!: “¡Yo no sé qué misterio de ternura tiene esta dulcísima palabra, ni qué sabor tan puro sobre el de la palabra misma de hombre, que es ya tan bella, que si se la pronuncia como se debe, parece que es el aire como nimbo de oro, y es trono o cumbre de monte la naturaleza! Se dice cubano, y una dulzura como de suave hermandad se esparce por nuestras entrañas…”. [2] No importaba la edad biológica, lo que tenía valor para Martí era la convicción de sumarse a la lucha, de asumir la Revolución, de pelear por ella, de proclamar el grito heroico de ¡Independencia o Muerte! De ahí su concepto de pinos nuevos. No se refiere Martí a los más jóvenes biológicamente hablando sino a todos los que se alistarían en la nueva contienda, que era alistarse en las filas de la Revolución. Su frase última en el discurso a 20 años del fusilamiento de los estudiantes de medicina lo pone de manifiesto: ¡Eso somos nosotros, pinos nuevos! [3]
Es la forja de la unidad, garantía para una efectiva continuidad, para proclamar la independencia de la patria, para fundar después la forma de gobierno cuyas premisas conceptuales tenían que ser el humanismo, la ética, la vocación de justicia, la equidad, la igualdad de derechos, el antimperialismo, el latinoamericanismo, la defensa de la identidad de los pueblos, el conocimiento de la historia, la emancipación del ser humano frente a los vicios, hábitos y costumbres del régimen del cual nos liberamos.
Y es la unidad, forjada en el fragor de la batalla, en la genialidad de Martí, en la pasión por Cuba de los cubanos, la palabra de orden del 24 de febrero de 1895. Había que reiniciar la lucha, las condiciones estaban dadas, la Isla era un hervidero, la migración patriótica expectante al estallido próximo. Todo listo para la clarinada de las tres expediciones: la de Maceo y Flor, la de Serafín y Roloff, y la de Martí y Gómez. El Lagonda, Amadis y Baracoa serían los escogidos; el puerto de Fernandina aguardaba el momento definitivo. Pero hubo un golpe casi demoledor, fracasó el plan y la patria fue herida a muerte. Pero no muere lo sagrado, lo sublime; ella se levantó con la firmeza de sus hijos que aun en medio del fracaso, se dispusieron al combate y se alzaron el 24 de febrero. Juan Gualberto Gómez había recibido la orden de alzamiento firmada el 29 de enero por José Martí como delegado del Partido Revolucionario Cubano, Enrique Collazo y Mayía Rodríguez. Un tabaco devendría libertador porque en él se trasladó la orden que significaba la grandeza de la patria, la fuerza de las ideas y el espíritu redentor de los patriotas cubanos.
La simultaneidad sería un componente importantísimo previsto en la orden de alzamiento; y este, debía efectuarse en la segunda quincena de febrero. Así dispuesto en toda la Isla. Pero otro elemento significativo lo tendría la advertencia de que no se alzara aisladamente el occidente por resultar muy peligroso para el buen desenlace de la operación; debía hacerlo de conjunto con el resto del país. Y un aspecto trascendental lo significaba el papel de la migración, que desde el exterior apoyaría en lo que fuese necesario la gesta independentista. ¡Cuánta claridad la de Martí! De ahí la trascendencia de este acontecimiento.
No se detendrían los patriotas cubanos, mucho tenían que defender. La independencia de la patria era objetivo esencial, más aún si con ella también se lucharía por la de Puerto Rico; y a su vez, ya libres las Antillas, salvarían la independencia de nuestra América e incluso el lastimado y dudoso honor de la América inglesa para así fijar y acelerar el equilibrio del mundo porque había que evitar que las Antillas se convirtieran en un mero fortín de la roma americana. En el artículo “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano…” expresó Martí: “Es un mundo el que estamos equilibrando: no son solo dos islas las que vamos a liberar”. Ello tiene una alta trascendencia y esta se manifiesta en el propio acto del levantamiento el 24 de febrero de 1895, en el programa de la Revolución firmado el 25 de marzo de 1895: “El Partido Revolucionario Cubano a Cuba” conocido como el Manifiesto de Montecristi, así como en los textos programáticos de Martí en Patria.
Cuando conmemoramos el aniversario 131 del reinicio de las luchas por la independencia de Cuba no podemos olvidar que este día de 1895 abrió un camino redentor y hoy se presenta como uno de los días más trascendentales de nuestra historia. Después de aquel contundente 24 de febrero, otros 24 del mismo mes se inscribieron en la historia como sucesos gloriosos. En 1899 entraría Máximo Gómez a La Habana victorioso, en 1956 José Antonio Echeverría proclamaba la fundación del Directorio Revolucionario, en 1958 nacía Radio Rebelde en medio de la lucha revolucionaria en la Sierra Maestra. Esta fecha también ha abrazado dos constituciones: en 1976 se proclamaba la Constitución de la República de Cuba y en 2019 la nueva Constitución de la República de Cuba era ratificada en referendo popular con más del 80 por ciento de respaldo del pueblo. En 1976, en la proclamación de la Constitución, expresó el General de Ejército Raúl Castro: “Y hoy 24 de febrero de 1976 -fecha que a partir de este momento será doblemente histórica- al reunirnos para proclamar y poner en vigor oficialmente la primera Constitución socialista de América…”.
La mística de ese día, en una hora decisiva para Cuba, no puede desvanecerse. Tenemos que afianzarla con la intransigencia revolucionaria de nuestro pueblo, su firmeza en los principios, su dignidad plena. El gigante de las siete leguas, el norte revuelto y brutal que nos desprecia, el imperialismo yanqui hace todo por derrocar la Revolución Socialista Cubana, por destruir a un pueblo heroico que resiste con entereza, crea para salir adelante y vence bajo la égida de los héroes y mártires de la patria, del legado ético, humanista y antimperialista de Martí y Fidel. Como señalara Raúl Castro en otro discurso el 24 de febrero de 2018: “En un día como este, en el que honramos a aquellos cubanos dignos que en 1895 volvieron al campo de batalla para liberar a Cuba, retomo las palabras pronunciadas por Fidel en 1965: “¡Nosotros entonces habríamos sido como ellos, ellos hoy habrían sido como nosotros!” Ese es el compromiso que hemos mantenido y será también el que guíe a las actuales y futuras generaciones, para que la patria siga siendo libre.”
Referencias:
1- Yusuam Palacios: José Martí Antología mínima, Editorial Ocean Sur, 2025, p. 125; en José Martí: Lectura en la reunión de emigrados cubanos, en Steck Hall, Nueva York, 24 de enero de 1880, en Obras Completas, Tomo 4, Editorial de Ciencias Sociales, 1991, edición digital.
2- Yusuam Palacios: José Martí Antología mínima, Editorial Ocean Sur, 2025, p. 315; en José Martí: Discurso pronunciado en el Liceo Cubano, Tampa (Con todos, y para el bien de todos), el 26 de noviembre de 1891, en Obras Completas, Tomo 4, Editorial de Ciencias Sociales, 1991, edición digital.
3- Yusuam Palacios: José Martí Antología mínima, Editorial Ocean Sur, 2025, p. 327; en José Martí: Discurso pronunciado en el Liceo Cubano, Tampa (Los Pinos Nuevos), el 27 de noviembre de 1891, en Obras Completas, Tomo 4, Editorial de Ciencias Sociales, 1991, edición digital.

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