Cuando el 18 de junio de 1926 el periódico «El boletín del cigarrero» publicó la nota titulada «La caída del roble», sus redactores sabían que no estaban despidiendo a un hombre cualquiera. Esa nota sentenciaba: «Los trabajadores de Cuba y especialmente los comunistas, han perdido a uno de sus mejores militantes». Había muerto Carlos Baliño López, y detrás dejaba una vida que logró conocer a dos grandes hombres de generaciones muy diferentes y la fundación de dos pilares de la historia de soberanía en Cuba.
Nacido en Guanajay el 13 de febrero de 1848, Baliño creció en una isla aún colonial. Muy joven cursó estudios de teneduría y arquitectura, sin concluirlos. En 1868 ingresó en la Academia de Pintura San Alejandro, pero una grave situación familiar lo obligó a abandonar las aulas. Tras fracasar en sus intentos por encontrar trabajo en los pequeños chinchales tabaqueros de La Habana, tomó el camino que tantos cubanos perseguían entonces: emigró a Estados Unidos a fines de 1868 o inicios de 1869.
En Cayo Hueso, Tampa, Nueva York y Nueva Orleáns, Baliño no solo ganó su sustento como obrero tabaquero; hizo de la lectura en voz alta en los talleres y del debate en los gremios su primera escuela política. Fue vocal del Gremio de Escogedores en Cayo Hueso, cofundador del primer gremio obrero «Caballeros del Trabajo» en Tampa, y contribuyó a fundar Ibor City. Fundó dos logias y, de regreso en Cayo Hueso, asumió la redacción de «La Tribuna del Pueblo», periódico desde el cual ejercía una labor incesante de propaganda por la libertad de Cuba.
Fue allí, en Cayo Hueso, en 1892, cuando con 43 años conoció a José Martí. Junto al Maestro suscribió las bases y el acta de constitución del Partido Revolucionario Cubano. Lo acompañó en una gira por la península de la Florida y colaboró en el periódico Patria. Según el Apóstol, «Carlos Baliño es un cubano que padece con alma hermosa por las penas de la humanidad y solo podría pecar por la impaciencia de redimirlas».
Finalizada la guerra contra España en 1898, Baliño retornó a Cuba. La Habana no le abrió las puertas de los grandes centros de producción; trabajó entonces en pequeños chinchales de fabricar tabacos. Pero su pluma no descansó. En 1904 impulsó la organización del Partido Obrero, transformado a instancias suyas en Partido Obrero Socialista, y colaboró con «La Voz Obrera», órgano del partido. Dos años después, en 1906, firmó el acta de constitución del Partido Socialista de Cuba, surgido de la refundición del Partido Obrero Socialista y la Agrupación Socialista Internacional, esta última también creada con su contribución. Fue miembro de la Agrupación Socialista de La Habana, cuya presidencia ocupó en 1910. Por aquellos años escribió en «El Socialista», «El Productor», «El Obrero Cigarrero» y «Justicia y Lucha de Clases», periódico que también dirigió.
A partir de 1919, Baliño, ya septuagenario, contribuyó a reorganizar los pequeños grupos socialistas en agrupaciones comunistas. En 1922 asumió la dirección de la publicación «Espartaco» y trabajó como corrector de pruebas del Boletín del Torcedor y de la revista «Juventud». Fue precisamente en la imprenta donde se editaban ambas publicaciones donde conoció aquel año a un joven Julio Antonio Mella.
La historia volvía a encontrar a Baliño en el centro de una fundación. En 1925, con 76 años, se unió a Mella y otros militantes para fundar el Partido Comunista de Cuba, cuyo secretario general fue José Miguel Pérez. El partido contaba con representantes de San Antonio de los Baños y Manzanillo, donde existía un notorio foco revolucionario. Bajo la persecución de la dictadura de Gerardo Machado, divulgaron las doctrinas del marxismo-leninismo, y el ideario martiano recobró vida.
Carlos Baliño López murió al año siguiente, el 18 de junio de 1926, en La Habana. Fidel Castro lo definiría después como «el enlace directo entre el Partido Revolucionario de José Martí, y el primer Partido Comunista de Cuba». Guanajay, su municipio natal en Artemisa, lo honra como su patriota insigne.
La caída del roble, dijeron en aquel entonces. Pero las raíces ya eran profundas, en aquel joven tabaquero que cruzó el estrecho de La Habana a Cayo Hueso sin más herramientas que sus manos y su conciencia, y el anciano que en 1925 firmó el acta fundacional del Partido Comunista.

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