Pasé por la adolescencia como montada en una nube. En esa época me interesaba, sobre todo, aprender cosas nuevas; y, por tanto, buena parte de mi vida se dividía entre los libros y los poemas. Viví los normales enamoramientos y las incomprensiones ante un mundo que no tenía la madurez para desentrañar.
Pero creo que jamás experimenté rebeldías gratuitas y no le di a mi familia dolores de cabeza, salvo que estudiaba demasiado. Por eso no guardo recuerdos de reprimendas ni de castigos; y también por eso me acuerdo de la vergüenza que pasé la vez que me regañaron por seguir caminando mientras sonaba el himno.
Había algunos atenuantes. Estudiaba en la vocacional de ciencias exactas de mi provincia. No recuerdo por qué razón estaba a esa hora en el aula y debía ir hacia el albergue. Caminaba por el pasillo cuando a lo lejos escuché que en la plaza de actos se cantaba el himno. Como andaba tan distante y tenía prisa, decidí no pararme; con tan mala suerte que me topé de frente con un profesor.
Me preguntó si no escuchaba el himno, y le respondí que sí. “¿Y entonces por qué no está en firme?”. Como no tenía justificaciones de peso, ni intenté decirlas. Me quedé quieta y avergonzada, hasta que dejó de sonar la música y el profesor dijo: “Ya puede seguir, y acuérdese que al himno se le debe respeto”.
Tal vez aquel maestro, cuyo rostro ni siquiera recuerdo, fue muy severo; sin embargo, no olvido la lección que me quedó: ante el himno no cabe la indiferencia.
Quizá algunos dirán que es solo una canción, pero no lo es; como la bandera no es solo un pedazo de tela. Cuando hablamos de ellos, o del escudo; o de otros atributos como la palma real, la mariposa o el tocororo, lo que está en juego es un universo simbólico que nos distingue, lo que nos hace ser de aquí y de ninguna otra parte –incluso aunque intentemos trasplantarnos– y que es producto de la historia, de la cultura de la que ella forma parte.
Ante las notas del himno o el ondear de la bandera surgen emociones, orgullo, pertenencia; y ese sentir está por encima, incluso, de las ideologías. Son símbolos de la Patria, y el patriotismo incide de forma directa en la autoestima de un pueblo, en su civilidad.
No se puede amar lo que se desconoce. Si los niños no ven banderas o no oyen el himno, no pueden crear recuerdos que los asocien a lo importante o lo solemne. Es trabajo de la escuela y de la casa. Enseñarlos a amar la Patria, a enorgullecerse de la condición de cubanos, a aquilatar a Martí, es un regalo para sus vidas.
Salvar esa espiritualidad e identidad será vital para su adultez, no importa que los padres decidan vivir en otro país, o que no estén de acuerdo con el proyecto político de la Revolución, las notas del himno podrán contarles siempre de la sangre brava de los mambises, del arrojo de los nacidos en la Isla; o la bandera les hablará del cielo azul bajo el cual nacieron, del aire suave o tormentoso, de los sabores, y los olores y la valía toda de su tierra.
Por eso nos hace falta que el himno no falte allí donde debe, que tengamos banderas en las casas, en las instituciones, en las escuelas; que el escudo ocupe su lugar.
No desdeñemos el valor simbólico que poseen para esa construcción que llamamos Patria, y que supera en mucho el espacio palpable del país, porque va en el alma de todos quienes la aman, poderosa, como un baluarte.

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