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jueves, 28 de mayo de 2026

La guerra musical cultural contra el socialismo cubano (I)

Enfrentamos una escalada de guerra cultural contra nuestros valores y el orgullo patrio…

José Ángel Téllez Villalón
en Exclusivo 28/05/2026
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Cultura, espada y escudo
Cultura, espada y escudo (José Ángel Téllez Villalón / Cubahora)

A los artistas los solemos colocar en un estrado donde la sensibilidad y lo afectos tienen primacía. Donde reina la trasparencia, la redondez y la fantasía, la creatividad y la poesía para inventar dentro de este, otro mundo más cordial, más bello y solidario. Donde no cabe lo violento, ni por asomo un acto contra otro semejante, y menos contra otro nacido en el mismo pedazo de mundo, por el cual, reconocen, sienten orgullo de haber nacido, de pertenecer y de hacer por él.

Por eso, nos choca tanto lo que se ve por estos días en las redes sociales. Las declaraciones en los medios de ciertos artistas, músicos respaldando la solución trumpista para el “problema cubano”, una agenda que incluye más sanciones, más asfixia para los cubanos de acá, y  hasta una invasión militar, con “operaciones quirúrgicas” y “daños colaterales”, léase bombas “inteligentes” que no disciernen entre revolucionarios y disidentes, ni entre niños inocentes  y militares, cayendo contra los barrios donde crecieron, destruyendo la escuelita donde aprendieron a leer, matando a diestras y a siniestras, a su  amor de adolescente y aquel viejo vecino que le enseñó a jugar a la pelota.       

Y no es que los idealicemos, el arte es universal, pero los artistas tienen Patria, como decía Juan Marinello. Tienen una historia y una forma de ver el mundo, un compromiso con “su gente”, aquellos que suponen piensan como ellos y, en este caso, culpan al “régimen” y no al bloqueo genocida, sin importarle sin son o no la mayoría. Responden a unos intereses, a unos cálculos y a unos miedos, acomodados en un status que desean mantener, en medio de un macartismo ante el que deben reaccionar. Tienen su ideología, y operan desde ese marco, para evaluar lo que en Cuba acontece.

Pero, cuando nos hablan de libertad  y atacan la expresión sincera de sus colegas, de los que ha decidido quedarse aquí y prodigar con su arte a los que sufrimos los apagones y las precariedades; cuando nos hablan de concordia o reconciliación y a la vez se hacen se hacen eco de la narrativa antipolítica de Marco Rubio,  la fétida y falaz retórica de Ota Ola, el patrioterismo de cuanto influencer, sin leer ni un par de páginas de nuestra Historia, se autoproclama liberal o candidato a Presidente, y, sobre todo,  cuando incitan a  nuestros jóvenes a  incendiar las calles, y  aplauden lo del portaviones frente a nuestras costas; entonces son sus propios gestos y sus panfletos musicales, lo que los desmoronan ante la vista limpia y justa de sus compatriotas de acá.   

Ya los habíamos visto, renegarse a sí mismos, arrastrarse ante las amenazas y presiones de los dueños y gestores del mercado cultural de La Florida, de los patrocinadores de las plataformas online en donde fueron obligados a pronunciarse, a vomitar contra la “dictadura”, si querían conciertos y especular su éxito en “la Yuma”. ¡O grababan un tema contra el “régimen” o fallecían como artistas! La orden estaba dada y ellos obedecieron como corderitos.

Mancharon su arte con el servilismo, ya por resentimiento o por doble moral, por mercenarismo, ingenuidad o flojera. Al devenir en instrumentos de una escalada de guerra cultural, proyectada estratégicamente por los tanques pensantes y las agencias de inteligencia de la nación que los acoge, pero en que en el fondo los desprecia. Un accionar orquestado, los siete días de todas las semanas de todos los años, con participación de una amplia gama de individuos y colectivos; con motivaciones, apoyos e impactos diversos. Actos de confrontación simbólica, subversiva y desestabilizadora, contra el sistema político y el orden instituido. Con campañas de descrédito y desinformación, apoyo a las narrativas propaladas por el gobierno, las agencias y el ecosistema de medios del enemigo histórico de nuestra nacionalidad.

A esto sirven estos artistas y aspirantes a serlo. Al viejo sueño del águila de apoderase de Cuba y sumar otra estrella al pabellón imperial. A una disputa política, para la conquista de las mentes y los corazones. Como paso previo, para apoderarse de nuestro territorio, de los recursos naturales y de los cuerpos de nuestras hijas, para mercadear nuestro patrimonio musical y el talento cultivado durante más de seis décadas de Revolución. Lo que comprende la aculturación, suplantación u homogenización de las expresiones musicales que   brotadas aquí y nos identifican. Sustituyéndola por otra extraña, falsa y banal. Inocular una cultura especialmente construida para alcanzar sus objetivos de hegemonía y dominación. Atacar, socavar y aniquilar todas las zonas posibles de existencia que, a consideración de este imperio pongan en riesgo o cuestionen su poderío, la hegemonía de sus ideas, su propia representación como élite preeminente, la centralidad de sus valores y de su visión del mundo, lo que asegure y adelante sus ambiciones e intereses.

Se apunta y dispara contra todo vestigio antimperialista y toda posibilidad contracultural, contra todo lo distinto a lo macho-anglosajón-del norte–capitalista. Contra lo más auténtico, lo que nos singulariza, con potencialidades de cohesionar y de constituirse sostenidamente en orgullo y compromiso. Contra todo lo que “suene” a Socialista, alternativo al ordenamiento capitalista del sistema-mundo y a su racionalidad mercantilista.

Los músicos terminan siendo actores, agentes de cambio o activistas, en dependencia de sus implicaciones, afiliaciones o respaldos, del alcance de su accionar. Si se queda en un post crítico o que tan solo calza el mismo zapatón de Rubio, o si se pasa de eso, si convoca y moviliza. Si plagia o recicla recursos simbólicos o discursivos, o si los genera para iniciar, facilitar o impulsar procesos de transformación sustancial en el sistema social y político cubano. Si es solo un día, de manera intermitente, o se moviliza de forma sostenida y estratégica fuera de los canales institucionales convencionales, con el objetivo expreso de promover o canalizar la subversión o el desmontaje del sistema imperante.

Por eso se cotizan mejor los que pueden armar mayor algarabía, los que son más “famosos”. Porque a la vez que amplifican ciertas narrativas, manipulaciones de la historia, lecturas sesgadas o manipuladoras de nuestra realidad, promueven, con igual toxicidad, una racionalidad competitiva distinta a la solidaria, central para el Socialismo. Fragmentan o diluyen símbolos y sentidos, referentes históricos, que atentan contra el orgullo patrio y desorientan a su adoradores en nuestro barrios y campos. Con su apología del dinero, al traficar y expender, con su merca-música   y con su comportamiento, la “pepa” de los pueblos, el escapismo hedonista de ese “mundo sin corazón” que es Capitalismo. Al coadyuvar, con su comportamiento ostentoso, a que se adhiera en las mentes de sus seguidores, el insaciable deseo de ser ricos y de acumular objetos, como signos de superioridad. La ponderación de lo utilitario y comercial sobre lo virtuoso, del interés sobre el desinterés, de la apariencia sobre lo esencial.

Y si el “famoso” es reguetonero, nacido en el Sur y no blanco, suma valores agregados y ganancias subjetivas a las elites que los utilizan. Al reproducir marcas de clases, los estigmas que señalan a los suyos como vulgares y violentos; más aptos para mover el trasero que las neuronas, rebaño no elegible para participar en la política.

Con ejemplos concretos, hemos analizado estas operaciones en nuestro Blog. Y las profundizaremos en próximas entradas.


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José Ángel Téllez Villalón

Periodista cultural


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