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Suena un despertador a las 5 de la mañana en un modesto barrio de San Miguel del Padrón. Rubén y su esposa Milagros saben que es hora de levantarse.

-Viejo arregla la cama, yo voy a ver qué hago de desayuno. Y apúrate que el niño está al llegar para revisar el carro.

Sentados en la mesa del comedor, bajo una tenue luz, toman un vaso de café caliente y un pedazo de pan. Mientras Rubén y Milagros desayunan, llega Ernesto, herramientas en mano para echarle un ojo al carro antes de que salga a la calle. Su padre se levanta de la mesa, deja a medias el café, y van juntos al garaje.

Un viejo Plymouth del 52 duerme en la cochera. Pero este carro no es simplemente un medio de transporte para la familia, es su sostén económico. Rubén trabaja como taxista particular en la ruta Cotorro-Parque de La Fraternidad desde hace algún tiempo.

Los años del Periodo Especial tuvo que abandonar las tizas y la pizarra, y dedicarse a manejar en una empresa de ómnibus para mejorar la situación económica de la familia. De sus días de maestro solo le quedan el trato amable y la vocación de enseñar.

"Trabajar más de 20 años dando clases te cambia la vida. Siempre ando por ahí tratando de enseñar algo a la gente que conozco."

Al mirar con detenimiento el carro, se dejan ver cables de dudosa funcionalidad. La pizarra hace mucho no marca los parámetros, pero ahora sirve de puntal a una estampita de la Virgen de la Caridad del Cobre, que acompaña y protege a Rubén en sus recorridos diarios. Ernesto da el visto bueno y todo está listo para que su padre comience a trabajar.

Da marcha atrás al Plymouth para salir del garaje. Un pequeño giro en la empinada calle de tierra, y va rumbo a la calzada principal para comenzar el viaje hasta el Parque de la Fraternidad.

Aún no amanece, mas ya hay personas que le sacan la mano casi desde la mitad de la calle. Esta es una buena hora para manejar pues las carreteras están medio vacías. Se detiene en el camino para comprar los periódicos en un estanquillo. Entre pasajeros que suben y bajan llega a su destino final. Pide el orden de la cola para cargar de regreso, y lee las noticias mientras espera...En la piquera ya hay varios choferes aguardando para llenar sus almendrones, y los pasajes hacia el Cotorro no abundan en la mañana.

Han pasado casi dos horas. Al fin tiene todos los asientos ocupados. Le paga 5 pesos al buquenque por llenarle el carro y se va.

-Puro, ¿puede poner música o algo?

-¡Ojalá! Esta reproductora lleva meses rotas. Los discos saltaban mucho con los baches de la calle y un día, sin más, dejó de funcionar. Lo que puedo ofrecerte es la prensa, para que leas.

Ya casi es la hora de almuerzo. Milagros sale de la casa sombrilla en mano hasta la Calzada a esperar que pase Rubén para darle algo de comer y un pomo de agua fría, pues en estos días cálidos es insoportable estar dentro del Plymouth.Un rato más tarde llega su esposo, parquea el carro a orillas de la carretera, abre la puerta delantera, y almuerza rápido para continuar su rutina.

Una vez más va de retorno a la piquera, pero esta vez solo lleva a una persona, es un horario donde escasea el pasaje. No queda más remedio que esperar hasta más tarde.

El Parque está más que abarrotado de almendrones. Al menos hasta las 4 no saldrá otra vez.Mientras espera, los vendedores furtivos no paran de proponerle constantemente piezas de disímiles marcas para su vehículo.

-Tengo aceite y correas a buen precio, ¿no te interesa?

-No, gracias.

-Mañana me entran pastillas de freno, ¿tampoco…?

-No, no, mi carro anda bien ahora.

-Bueno si te enteras de alguien que ande buscando cualquier cosa pa´l carro yo siempre ando por esta zona- le grita el vendedor mientras propone sus productos del "mercado negro" a otros choferes.

Salen las personas del trabajo, los estudiantes de las escuelas, comienza el movimiento. Rubén va rumbo al Cotorro con el carro lleno. Nadie se baja a mitad del camino. Ha sido un buen viaje.

Vuelve a casa a las 8 de la noche, cansado. Ha estado trabajando más de 10 horas.Sus nietas que lo esperaban, ya se han ido. Solo lo espera Milagros y la mesa servida.

Hoy, por suerte, no se le ha roto el carro. Las averías son muy frecuentes, y cada vez que ocurren, Rubén deja de botear varios días, eso sin contar los gastos que le reportan; por eso diariamente guarda una parte de lo que gana para este tipo de situaciones.Por suerte para él, un almendrón se repara casi con cualquier cosa, no importa el modelo ni el año de fabricación.

Aún falta algo que hacer antes de acostarse: revisar las cuentas. Rubén insiste en ser el económico de su negocio familiar. Nunca ha aceptado que otra persona lleve sus libros de gastos e ingresos, pues nadie mejor que él para estar al día con los pagos a la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT)

De sus ganancias mensuales paga la licencia operativa, los impuestos sobre ingresos personales y la Seguridad Social, lo que equivale a 1500 pesos, el resto lo reparte entre los gastos del carro y los personales.

Mañana volverá a la misma rutina, no importa que sea sábado. Este trabajo no entiende de días ni horarios, y la situación económica no le permite tomarse días feriados.

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Calzada de 10 de Octubre: movimiento constante, semáforos, peatones, guaguas, quioscos, un bullicio interminable y también muchos almendrones. Negros, rojos, verdes, variedad de colores y marcas. Pero uno más que los otros llama la atención. Ford azul del 53, remaches en el techo, sin espejo en la izquierda y asientos rotos; su singularidad va todavía más allá: su chofer se llama Silvia. Ella botea Vedado-La Víbora. Rubia, comunicadora nata, con un porte incansable y una feminidad que desmiente su actual ocupación, esta singular mujer cuenta, ante la sorpresa diaria de sus pasajeros, cómo llegó a ser taxista particular.

"Yo estudié márquetin y estuve trabajando también en un centro de gastronomía, pero siempre me gustó manejar. Me sentaba al lado de mi papá y miraba todo. Así fui aprendiendo, luego me enseñaron y seguí pa´lante".

El carro más que viejo, deteriorado, lo heredó de su padre. Muchos años pasaron y seguía en el garaje, pero un día la necesidad y la osadía la incitaron a montarlo. Confiesa que siempre manejó ladas, carros más pequeños, pero con este tampoco le fue difícil, solo bastaba adaptarse. Dos años hace ya que maneja por las calles de La Habana. En este tiempo asegura haber aprendido un poco de aquí y de allá, incluso hasta de mecánica.

“Ya casi no tengo ni uñas”, confiesa.

Los altos precios de las piezas o las reparaciones la han llevado a defenderse ante las roturas más simples. Incluso, los mecánicos a veces la miran con mala cara cuando, no quedándole más remedio, acude a ellos y pregunta constantemente lo que le hacen al carro.Para Silvia hablar de la bomba, el carburador o la emergencia es tan fácil como saber de cocina.

Las sorpresas con el carro ocurren a diario, y aunque su hijo es su mano derecha y la ayuda mucho, es ella la que a veces tiene que resolver el problema. "Una vez me rompí en Acosta y 10 de Octubre, se me zafó el varillaje y tuve que tirarme debajo del carro. Mi hijo estaba conmigo y mientras pisaba el cloche, yo enganché la caja de velocidad y pude llegar hasta el taller más cercano". Cuenta con una sonrisa de satisfacción.

La mayoría de sus ganancias las destina al carro e incluso a veces no le es suficiente.

“Muchas veces he tenido que vender mis cosas para comprar las piezas. He prescindido de manillitas de oro, anillos y otras bisuterías para poder completar el dinero del carro”.

El deterioro de las calles, es para Silvia la mayor dificultad a la que se enfrenta cada día, por las dolencias que puede sufrir el carro y las pérdidas monetarias que esto le reporta. En su opinión debería existir un lugar donde una vez al mes pudiera darle mantenimiento, o la posibilidad de un crédito para arreglarlo, o al menos mantenerlo en buen estado.

Al conversar sobre tributos reconoce no saber mucho del tema. Incluso tiene un gestor para que lleve por ella todos esos trámites, pues cuando trabaja a veces no tiene tiempo de ir al banco, hacer las colas y demás. Sin embargo, a pesar de sus mínimos conocimientos, considera que deberían estudiarse más las particularidades de las actividades y de las personas.

En la calle los compañeros de oficio la respetan, muchas veces le dan el paso e incluso le sonríen. Una vez recuerda haberse quedado rota en la avenida y haber sido socorrida por ellos. En ocasiones, también la han alertado.

"Una vez decidí poner a un muchacho a manejar el carro pero me lo destruyó, además me mintió. Me decía que estaba roto, que se había pasado el día parado. Yo iba hasta el CIMEQ en guagua a llevar a mi mamá a la fisioterapia para no interrumpir su trabajo, y cuando veía a los demás boteros me decían que lo habían visto trabajando todo el día. Entonces decidí asumir yo la responsabilidad".

Por sus experiencias se considera una luchadora, una mujer activa que trata de salir adelante en una sociedad donde las féminas son capaces de emprender grandes retos.

Se levanta a las cinco de la mañana. Dejar listo el almuerzo a su hijo, ablandar unos frijoles de vez en cuando y adelantar los quehaceres de las casa, son algunas de las primeras tareas del día. Ya a las siete empieza a trabajar si no hay imprevistos. Pero su jornada no es muy larga.

Muchas veces acompaña a su madre al médico, en las tardes tiene que estar en la casa para coger agua, porque entra un día sí y uno no; y en las noches prefiere no trabajar por las características de su carro y el miedo a romperse. Normalmente "botea" cuatro horas al día, pues también su salud no la acompaña. Hace poco Silvia sufrió un accidente con el carro y actualmente tiene dos hernias en la cervical y dos pro laxos.

Silvia y su rompecabezas, como le llama al Ford azul del 53, continúan boteando por las calles de la capital, aún con cero puntos en la licencia. Cobia o socia le dicen por la calle, pero ella, feliz, nos confiesa: “no hay nada mejor que ver la cara de sorpresa de las personas cuando se montan al carro y les saludo con una sonrisa”.

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Cada vez resulta menos extraño encontrar a profesionales de diferentes ramas, desempeñándose en áreas de trabajo que distan mucho de lo que sus títulos universitarios avalan.

Veinte años después de graduarse como ingeniero en construcción civil Ramón Rivero se convirtió en transportista particular, como prefiere llamarse, pues encuentra en el término “botero” un cierto matiz despectivo. Su lugar de trabajo se desplazó desde las oficinas del Ministerio de Finanzas y Precios hasta la ruta Alamar-Parque de la Fraternidad. Cambió el buró por el timón, y su salario de 500 pesos por más 3000 al mes. Ahora Rivero es el jefe de un Chevrolet rojo del 52.

Desde hace poco más de un año y medio esta es su realidad. ¿Sus motivaciones?, variadas, en parte el hecho de que luego del proceso de reestructuración de las empresas su puesto de trabajo no quedó con las condiciones que tenía anteriormente; en parte porque la remuneración económica es mucho mejor como trabajador no estatal.

-Mi vida ha dado un giro de 180 grados- asegura.

-¿Por qué?- le preguntamos.

-El cambio a trabajador por cuenta propia fue difícil para mí, pues no me hallaba. Estaba adaptado a levantarme todos los días para irme a la oficina, pero por otro lado nunca tenía un centavo en el bolsillo, vivía del diario. Ahora amanezco al menos con 20 o 30 pesos en la cartera-comenta.

De la mano de los beneficios vinieron otras obligaciones. Ramón es un contribuyente más de la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT), de las ganancias que recibe por su trabajo debe aportar una parte al Presupuesto del Estado. A diferencia de otros taxistas, para Ramón no es un problema hablar de sus ingresos. Cada mes adelanta cuotas, paga la Seguridad Social y su licencia de operación del transporte. La suma de estos reembolsos ronda los 1500 pesos mensuales pero desconoce cómo se establecen estas tarifas.

Aunque existe la opinión casi generalizada de que los “boteros” tienen un alto nivel de vida, Ramón asegura que este no es su caso.

“No niego que existan personas que tengan grandes ahorros porque toda su vida se han dedicado a esta actividad, y tienen varios carros y ayudantes en función de la transportación de pasajeros. Pero de ahí a que sean millonarios va un gran trecho. Por otra parte yo no me mato trabajando, y todo lo que gano no lo puedo guardar, lo empleo en mi familia y en los gastos del carro, que son bastantes”, explica.

“Cuando mi carro se avería pego el grito en el cielo, como se dice popularmente”.

En cuestión de horas gasta en talleres particulares lo que le costó meses ahorrar. “Los torneros en Cuba son una especie de alquimistas de la mecánica, capaces de convertir cualquier pedazo de chatarra en una pieza para el carro, pero los precios que cobran son muy altos” comenta con cierto alivio.

Ramón no se ve toda su vida trabajando como transportista. A pesar de que solo tiene 46 años la salud no lo acompaña. A causa de la artrosis generalizada que padece le resulta demasiado difícil pasarse el día manejando. De modo que esto es solo un puente en su vida.

Sentado dentro de su auto, a un costado del Capitolio habanero, nos comenta: “Incorporarme nuevamente al trabajo estatal no sería un problema, simplemente tendría que reordenar mis conocimientos, pero eso no será en un futuro próximo. Después que decida que ya no puedo salir a manejar veré qué hacer, qué trabajo hago, qué rumbo tomará mi vida”.


Elier González ya no maneja. Su salud no le permitió seguir en esta actividad después de casi 20 años en la misma. Su carro está en manos de otro chofer desde hace algún tiempo. Ahora, dedica sus días a hacer trabajos de mecánica para algunos amigos, en un pequeño garaje-taller que tiene en su patio.

A pesar de sus 37 años, el estrés cotidiano de esta actividad: lidiar con el pasaje, las roturas, la cantidad de carros en la calle; afectaron mucho su desempeño como taxista, además de los problemas de la cervical y la columna. A raíz de las nuevas oportunidades de contratar fuerza de trabajo, decidió encontrar a alguien responsable que le ayudara en el negocio. Actualmente, es su ayudante el que sale a botear, cada día, desde Boyeros hasta el parque El Curita.

Cuando Elier terminó su técnico medio en mecanización decidió botear, más que nada por motivaciones económicas. Mira atrás y confiesa que en sus sueños juveniles esto solo sería una etapa de su vida. Sin embargo, el tiempo pasó y no ha hecho otra cosa que manejar día tras día.

Elier siente que perdió una etapa importante de su vida que podría haber sido más gratificante para él desde el punto de vista profesional. No sabe qué le habría deparado el destino si no hubiera empezado a manejar, pero de lo que sí está seguro, es de que hubiera querido hacer algo mejor que estar detrás de un timón.

Sus años de experiencia le han demostrado que las personas no valoran el trabajo que hace y que en la opinión de muchos, los boteros más que nada son millonarios. Por otra parte, no ve en su trabajo un aporte social, pues no todo el mundo puede “darse el lujo” de montarse en un almendrón.

“El cubano de a pie, el médico, el profesor, no puede pagar los viajes. Yo transporto al que tiene dinero, el que no, está embarca ‘o”.

Al igual que la mayoría de los trabajadores por cuenta propia, Elier contribuye con la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT) sin saber la verdadera razón de su aporte, ni su destino. No conoce casi nada respecto a las regulaciones que rigen el pago de tributos en el país, solo se limita a abonar lo que le exigen.

Tampoco entiende por qué esta Oficina no hace estudios verdaderamente rigurosos de las actividades, de las horas de trabajo de cada contribuyente, las condiciones de sus carros y los gastos que generan. Las personas que se dedican a la transportación particular de pasajeros no pueden justificar casi ninguno de sus gastos, pues la mayoría de las piezas y accesorios de los vehículos los adquieren en “la calle”.

A finales del pasado año recibió la visita de un funcionario de la ONAT en su casa. Enseguida supo que algo no iba bien. Este le informó que había recibido una determinación de deuda por falsear información en la Declaración Jurada y subdeclarar impuestos; y le entregó una resolución con el monto de lo que debía pagar: 22 mil 700 CUP. Según un estudio realizado por la Oficina los ingresos de un "botero" en un año de trabajo eran mucho mayores a los declarados por Elier, por tanto tenía una deuda con la ONAT.

"Fue como si me cayera un cubo de agua fría arriba, ¿De dónde iba yo a sacar a ese dinero?", recuerda Elier.

El funcionario le explicó su derecho a reclamar la medida impuesta, siempre que presentara pruebas que indicaran el tiempo que realmente había trabajado y sus ganancias en el año.

Generalmente, los taxistas particulares no tienen forma de demostrar sus ingresos ni muchos de sus gastos. Al ser trabajadores por cuenta propia resulta muy difícil controlar los días y los horarios de trabajo, así como los periodos en que sus carros no trabajan por roturas. Pero por suerte para Elier, si así puede llamarse, su auto estuvo parado varios meses a causa de una reparación tras sufrir un accidente de tránsito.

"Cuando el carro estuvo parado tenía que haber ido a suspender la licencia, pero es que solo te la dan a partir de 3 meses, y uno nunca sabe cuánto se va a demorar una reparación. Lo mismo se resuelve en 15 días que en 6 meses", confiesa. De manera que siguió pagando la licencia como si se mantuviera trabajando, solo que no reportó ingresos personales, y para la ONAT estaba dejando de pagar en estos meses.

"Por suerte yo tenía fotos de todo el proceso de chapistería y reparación del carro. Hice una reclamación y presenté las pruebas, y me bajaron la multa a 3700 CUP", nos cuenta.

“No sería necesario pasar por situaciones como estas si la ONAT no valorara a todos los contribuyentes por igual ".

Si Elier no hubiera tenido las fotos del choque del carro habría tenido que pagar los 22 mil 700 pesos, pues la reclamación no hubiera procedido. A veces el fallo de la ONAT está en valorar a todos los cuentapropistas por igual."Aunque realicemos la misma actividad, no se nos puede cortar a todos con la misma tijera”, comenta.

Almendrones por La Habana


“Nunca he escuchado a nadie decir que un botero tenga buena fama. Todo lo que se dice de nosotros por ahí es que somos millonarios, que andamos acabando por la calle”, nos cuenta Elier González con cara de decepción, a pesar de que ya no maneja. Él, al igual que Rubén Herrera, trabaja como taxista particular. Pero a sus 37 años siente que su vida no ha sido lo que él hubiese querido.

Desde hace más de 19 años se dedica a la transportación de pasajeros, o boteo, como comúnmente se conoce esta actividad. Trabaja en el municipio capitalino de Boyeros, mas siente que quisiera hacer algo mejor que pasarse todo el día detrás de un timón.

Sus inquietudes no son infundadas. Entre la población existen disímiles estereotipos y miradas contradictorias hacia el sector de los taxistas particulares, sin dejar de reconocer la importancia del servicio alternativo que brindan, en momentos donde el transporte público es insuficiente.

La transportación privada de pasajeros no es algo nuevo en Cuba. Este servicio fue heredado de la época republicana, donde los autos que servían como taxis eran conocidos popularmente como ANCHAR. Después del triunfo de la Revolución, estos vehículos continuaron funcionando, de hecho, la mayoría de los que existen en la actualidad vinculados a este sector, datan de los años 40 y 50 del siglo XX. Las personas, en tono jocoso tal vez, los bautizaron como almendrones, aludiendo quizás a su forma alargada y aspecto rudo.

A partir del 2010 la cifra de titulares de licencias se ha triplicado, gracias a las nuevas facilidades que permiten a los dueños de vehículos emplear ayudantes como fuerza de trabajo, destaca Maribel Poulot, directora provincial de la Unidad Estatal de Tráfico (UET) del Ministerio del Transporte (MITRANS), entidad encargada del otorgamiento de las licencias de operación del transporte. De los 119 mil 592 trabajadores por cuenta propia existentes en la capital, el 40% son transportistas. Esta actividad se ha convertido en una de las más importantes, en cuanto al nivel de recaudación y representatividad, dentro del sector privado, agrega.

Un aspecto importante en este crecimiento es el espacio que han ido ganando las mujeres dentro de la actividad de transporte, un terreño que antaño era dominado solo por hombres. De 240 mujeres que estaban incorporadas hace solo 3 años, hoy suman 1 739, ya sea como titulares o como trabajadoras contratadas.

Los motivos de Elier para decidirse por este trabajo fueron puramente económicos y asegura que este sigue siendo el principal empuje para quienes optan por ser boteros.Pero las cosas han cambiado mucho desde que él comenzó a trabajar. Ha aumentado la cantidad de taxis disponibles y las piezas y reparaciones de los viejos autos son cada vez más caras, al igual que el costo de la vida. De ahí que los precios de los pasajes sean regulados por el mercado y las rutas de los taxis elegidas por los titulares de licencia.

Las tarifas de los almendrones varían entre los 10 y 20 CUP dentro de la ciudad en horarios normales, pues en la noche quedan a disposición de los choferes. Sin dudas, un precio considerable si se compara con el concepto de servicio que brindan, pues la mayoría de estos carros carecen de las condiciones mínimas de confort. Montarse en un almendrón se convierte en un lujo para algunos y en una necesidad para muchos pasajeros forzados por la urgencia.

A Elier le cuesta recordar con exactitud cuánto gana en un mes de trabajo. Lo mismo sucede con casi todos los boteros y una buena parte de los trabajadores por cuenta propia. El tema de las ganancias es confidencial, un secreto que esconden de la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT), y casi hasta de ellos mismos.

La transportación de pasajeros durante el período 1999- 2009, constituyó la tercera actividad que más aportó al fisco por concepto del Impuesto sobre los Ingresos. “Esta actividad mostró un nivel de recaudación estable en términos absolutos, se mantuvo alrededor de los 50 mil pesos, pero se observa que partir del 2004 ha disminuido, lo que pudiera ser manifestación de evasión fiscal”, resalta un estudio realizado por Neferty Cabrera, graduada de Economía de la Universidad de La Habana.

“En términos relativos, la participación de la actividad dentro del total de lo recaudado ha sido de un 15,8 % como promedio, sin embargo, muestra una tendencia decreciente. El servicio de transportación privada de pasajeros ha perdido peso en el total de la recaudación, pasó de ser un 18,5 % en 1999 a un 10 % en el 2009”, apunta dicha investigación. Contrario a esto el número de transportistas particulares va en aumento.

Ley 113 del Sistema Tributario: Paga lo que debes


Ramón Rivero, se inició como taxista particular luego de la apertura del sector cuentapropista en el año 2010. Aunque siempre trabajó para el Estado, y añade fue muy difícil para él adaptarse a esta nueva forma de manutención, sus experiencias en el sector no estatal, le permiten hoy valorar la Ley Tributaria como necesaria y vital.

Si bien asegura tener mínimos conocimientos sobre la legislación, comenta: “No hay actualmente una sociedad que pueda vivir sin un régimen tributario. No se puede pensar solamente en obtener ganancias y no aportar nada. Yo creo que estamos en mejores condiciones que nunca para lograr lo que se quiere. Lo que se necesita son esfuerzos, que las personas trabajen y que aporten un granito de arena a la situación económica del país”.

Cafeterías, restaurants, transporte, comercio minorista, arrendamiento y otras, son algunas de las 201 actividades que van ganando terreno en el país luego de la apertura del trabajo por cuenta propia, que abrió para muchos cubanos la posibilidad de establecer su propio negocio.

Ante el desarrollo de estas nuevas formas de gestión no estatales, se hizo necesario también actualizar la legislación tributaria vigente desde 1994, en aras de lograr una ley que se pareciera más a la realidad que vivía el país, y que estuviera en concordancia con los Lineamientos de la política Económica y Social aprobados en el VI congreso del Partido. Durante varios meses se realizaron debates, propuestas, y análisis que terminaron en la aprobación de la Ley 113 del Sistema Tributario en agosto del 2012.

Su aplicación se puso en marcha en el mes de enero del 2013, pero entre los ciudadanos no existía un dominio real de la misma. Hoy a casi un año de su implementación tampoco se puede apreciar un avance significativo en este sentido.

Los contribuyentes se conforman con pagar lo que se les exige, sin preocuparse demasiado por conocer cómo se establecen las tarifas. Tampoco por parte de la ONAT se ha trabajado en función de mostrar los procedimientos para establecer los aportes a realizar por cada actividad.

Es muy común encontrar en las calles comentarios negativos en torno a los impuestos, pues las personas sienten que son una penalización, y no los ven como una obligación social, o una contribución al gasto público, que a la larga se revierte en beneficios para todos. Incluso no faltan los que comparten el criterio de que en una sociedad socialista como la nuestra no se deberían cobrar impuestos, sin detenerse a pensar que precisamente este tipo de sociedad destina mayor cantidad de recursos a los programas y gastos sociales que otros sistemas políticos en el mundo. Los impuestos son una forma de contribuir a estos programas, generando ingresos al Presupuesto del Estado.

Los impuestos no son ni innecesarios ni nuevos. Durante todo el periodo revolucionario se han cobrado de una manera u otra, solo que en periodos anteriores a la apertura del trabajo por cuenta propia, la cantidad de personas naturales obligadas a contribuir no era significativa con respecto a la actualidad. Durante un largo periodo las empresas estatales llevaban el grueso de estas responsabilidades, y por tanto, los trabajadores no percibían que realizaban un aporte de manera indirecta.

En estos momentos, donde la balanza se inclina hacia el aumento del sector no estatal, es vital que los trabajadores conozcan sus derechos y deberes con el Sistema Tributario. Como un elemento positivo que añade la Ley 113 para los cuentapropistas, está la posibilidad de afiliarse al régimen de Seguridad Social, como una garantía una vez que se jubilen.

“Está muy a tono con la manera en que se legisla en el mundo pues está hecha de manera asequible, sigue los parámetros que deben tener las leyes para que puedan complementarse con otros reglamentos y se actualice paulatinamente. Está diseñada para eso, para que sea flexible, modificable, para que se atempere a las condiciones actuales.”, explica Lissette Vilá, abogada de la Organización Nacional de Bufetes Colectivos.

Por su parte, Luis Francisco Suero, profesor del Centro de Estudios Contables, Financieros y de Seguros (CECOFIS), afirma que la actual legislación tributaria refuerza los principios de equidad y generalidad, ya que toda persona que tenga capacidad económica está obligada a contribuir. “Es una ley que permite un marco más flexible, que premia a los contribuyentes que realizan correctamente sus aportes, y que no los desampara a la hora de efectuar cualquier reclamación ante un proceso de inconformidad”, asegura.

“El sistema tributario se basa en un principio de legalidad, porque se trata del aporte del ciudadano, y por lo tanto ese aporte tiene que quedar definido cuál es. Y ese es precisamente el objetivo de la ley tributaria”, explica Luis Francisco Suero. En este sentido la ONAT desempeña un papel primordial, pues es su responsabilidad velar porque cada ciudadano aporte lo que realmente debe.

Pero es una duda de los contribuyentes saber cómo la ONAT determina lo que gana un trabajador por cuenta propia, pues este es un sector que no está regido por días ni horarios de trabajo.

Luis Viera, taxista particular del Cotorro, insiste en que él como trabajador no estatal decide los días que quiere trabajar. De la misma manera Ramón Rivero y Elier González coinciden en que ellos como dueños de sus negocios trazan su propia rutina de trabajo, que varía en dependencia de múltiples factores: las roturas del carro, los horarios del día, sus problemas de salud, entre otros.

Controlar cómo funciona o trabaja el sector cuentapropista, y los ingresos que recibe es, sin dudas, una tarea bien difícil para los funcionarios de la ONAT. Según Juan Carlos Vilaseca, director de Recaudación de la ONAT, cada trabajador de esta oficina es un fiscalizador, pues va a las cafeterías, se mueve en taxis, y conoce cómo se van desarrollando estas actividades. Pero, ¿pueden realmente los trabajadores de la ONAT fiscalizar detalladamente a los más de 119 592 cuentapropistas que existen en la capital?

La oficina tributaria se ha tenido que valer de métodos presuntivos para determinar los ingresos de las actividades, y mediante el cruzamiento de las informaciones de la Declaración Jurada de los contribuyentes y otros datos que obran en su poder, llegar a establecer caracterizaciones de cada área del trabajo por cuentapropia.

“Contamos con una base de datos referente a los pagos que realizan los contribuyentes mensualmente. Durante el año realizamos estudios a las diferentes actividades, y vamos determinando los ingresos que las mismas generan. Los Registros de ingresos y gastos también nos nutren de información”, explica Esperanza Recio Socarrás, Vicejefa primera de la ONAT.

El año anterior solo les fue posible fiscalizar la tercera parte de las Declaraciones Juradas, mas en la campaña que cerró el pasado mes de abril, pretendían hacerlo con el cien por ciento, aun cuando en la tercera semana de ese mes, el 10% de los contribuyentes de la capital no habían presentado dicha Declaración.

El proceso de presentar la Declaración Jurada no depende solamente de las oficinas de la ONAT, sino también de Correos de Cuba, como un colaborador clave a la hora de hacer llegar este documento a cada contribuyente. En muchas ocasiones el trabajo de Correos se demora, provocando que las Declaraciones lleguen con atrasos a los cuentapropistas, y en algunas casos, tiene que ser el propio cuentapropista el que llegue hasta las oficinas tributarias a solicitar el modelo, al no recibirlo a vuelta de correo.

En la tercera semana de abril, del total de Declaraciones Juradas fiscalizadas, se había detectado que más del 55% de los contribuyentes subdeclararon ingresos. Como una estrategia de la ONAT este año, se les ha ofrecido a los contribuyentes la oportunidad de rectificar dicha Declaración. Pero aquellos que no la presentaron con tiempo no podrán acogerse a estos beneficios, y en caso de tener alguna irregularidad en la misma, serán multados mediante una determinación de deuda.

“Al hablar de subdeclaración nos referimos a aquellos contribuyentes que a la hora de declarar sus ingresos brutos percibidos durante el ejercicio fiscal no lo hicieron en la cuantía que realmente debieron. Para nada la Oficina quiere multar al contribuyente, pero sí es su función fiscalizar y lograr la mayor recaudación posible al Presupuesto del Estado”, afirma Esperanza Recio.

“Cuando usted está obligado a pagar un impuesto, debe hacerlo en tiempo y cumpliendo con las regulaciones que están establecidas, aunque no lo conozca. Si usted no lo hace entonces incurre en una sanción administrativa porque tenía que haber cumplido en tiempo. No quiere decir que cuando la ONAT imponga una sanción, sea invariable, eso se puede discutir y puede variar. Pero lo primero que debe saber la persona es la obligación que tiene y cumplir con ella.La evasión fiscal está prevista como un delito y no solo para las personas jurídicas sino también para las naturales. Es algo que no se aplica mucho porque no hay una cultura, pero sí hay una resistencia al pago y una reincidencia, entonces se puede llegar a la vía penal. No es lo que se quiere, pero existe la posibilidad, y no es solo privativo de Cuba, sino que está previsto en todas las legislaciones del mundo”, asegura la abogada Lissette Vilá.

El hecho de que exista todavía más de un 55% de contribuyentes subdeclarantes, dice que falta mucho por hacer, insiste Esperanza Recio, pues influye el grado de cultura tributaria que tiene la población.

¿Existe Cultura Tributaria en Cuba?


Silvia Albelo, como tantos otros cuentapropistas, tiene un gestor: una persona encargada de tramitarle todos los documentos relacionados a su licencia y sus cuentas. Ella no conoce la Ley 113, y se incluye dentro de los más de 90 boteros de la capital que, al preguntarle sobre el tema, no sabían qué responder.

Hablar de cultura tributaria en Cuba, asegura el profesor Luis Francisco Suero, es vagar entre mitos y realidades. Al mirar atrás descubrimos que existe una amplia historia en materia de tributos en el país, sin embargo hay que reconocer que aun hoy, es prácticamente desconocida. Si bien crear una cultura es algo que lleva tiempo, que necesita del reconocimiento de las personas, de la comprensión y la apropiación; el interés por conocer y contribuir conscientemente no ha calado en todo su rigor dentro de la sociedad cubana.

Artículo complementario: ¿Subdeclarar, evadir o eludir?

Las evidencias se validan con el alto por ciento de subdeclarantes que la ONAT ha detectado en su última campaña de fiscalización de las Declaraciones Juradas. Esperanza Recio Socarrás, Vicejefa nacional de la ONAT, asevera que a pesar de las tareas que desarrollan en función de evitar tal actitud, aún no cuentan con resultados favorables.

“Hay que declarar en tiempo y hay que hacerlo bien. Hoy la administración tributaria le está dando la facilidad al contribuyente de rectificar su Declaración Jurada para ganar en disciplina, sin embargo, esto no será una constante en el trabajo de la oficina anualmente. El contribuyente tiene que saber que la Declaración es un documento serio y que si no lo llena correctamente puede ser castigado por ello”, insiste Yamilé Pérez Díaz, Vicejefa de la ONAT.

Luis Francisco, por su parte, añade:

"Cultura es saber hacer algo, y los cubanos tenemos que saber pagar los impuestos correctamente."

"El que deja de pagar, tiene que saber que está desarrollando una acción antisocial, que perjudica a otros, por tanto tiene que recibir una multa fiscal, una medida educativa; porque no se trata solo de cultura, sino también de valores".

Durante el análisis, el profesor del CECOFIS, reconocía cuán evidente es el régimen de trabajo de un botero y sus ganancias:

La mayoría tiene ingresos altos y no quieren pagar lo que ganan, ahí es donde viene el problema cultural. El pago a la ONAT se debe efectuar de acuerdo a la capacidad económica de cada cual. Yo reconozco que hay casos y casos, pero lo que no puede suceder es que quede impune una persona que gane 50 mil pesos y declare 10 mil; esa es una actitud que debe ser penalizada legalmente”.

Los mayores problemas con respecto a las subdeclaraciones se han reflejado en el sector de los taxistas particulares, según expresa Juan Carlos Vilaseca, director nacional de Recaudación de la ONAT.

A pesar de los problemas actuales con respecto al pago de impuestos, encuestas realizadas en las diferentes piqueras de taxis particulares de la capital, demuestran cómo los contribuyentes de este sector reconocen la entrega de los tributoscomo una acción importante y necesaria.

Elier González quisiera saber en qué se emplea el dinero que él aporta como contribuyente. Confiesa no saber a dónde van a parar sus impuestos, pues aunque ha escuchado que se emplean en la reparación y mantenimiento de la infraestructura de transporte, las vías están en muy mal estado.

Ramón, por su parte, comprende la utilidad de los impuestos, aunque no deja de reconocer la necesidad de alcanzar una mayor divulgación en este sentido.

Sin dudas, en la medida en que la ONAT, de conjunto con las administraciones municipales, sea capaz de explicarle a los contribuyentes la redistribución y el uso que se da al dinero que estos pagan, existirá un mayor compromiso e interés de estos últimos por el tema impositivo y por aportar de acuerdo a sus ingresos reales.

La educación fiscal, asegura el profesor Luis Francisco, debe insertarse dentro del sistema educativo para que las nuevas generaciones lo vayan incluyendo en su sistema de vida. “Promoverla cultura tributaria es difícil, e implicarealmente un sacrificio, en el sentido de que tú tienes que dar una parte de tu patrimonio en algo que tú no percibes directamente”, comenta Luis Francisco Suero.

“Se están desarrollando diferentes iniciativas, pero indudablemente hay que seguir insistiendo en esto. La sociedad cubana cuenta con todos los elementos para eso. Hay que hacer campañas segmentadas para cada tipo de contribuyente y lograr que las personas se sientan aludidas”, añade.

Esperanza Recio, reconoce que lo que la ONAT ha hecho hasta ahora no es suficiente, pero desde la aplicación de la Ley 113, la oficina ha dado un salto superior, aunque el reto fundamental sigue siendo lograr aumentar la cultura tributaria.

“Tanto el Ministerio de Finanzas y Precios como la ONAT tienen una estrategia diseñada en función de elevar la cultura tributaria en el país. Este año se realizaron más de 4 mil acciones de divulgación en función del proceso de Declaración Jurada, que incluyeron todos los medios de difusión masiva, y aún así existieron irregularidades en la presentación de esta documentación por parte de los contribuyentes”, alerta.

Esta es una tarea que debe englobar a más de una entidad, pues es interés de todos lograr que en Cuba las personas ganen experiencia y conocimientos en este aspecto. Lissette Vilá, concluye que “la cultura tributaria en el país no es amplia, incluso la cultura jurídica tampoco lo es. Creo que tenemos que trabajar muchísimo en eso, y se está haciendo por parte de los medios de comunicaciónmasivos, pero todavía no es suficiente, no estamos ni en la mitad del camino”.

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